miércoles, 23 de julio de 2008

Leyendas urbanas: Casas embrujadas y cuentos de fantasmas en Buenos Aires


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Están ahí, a la vuelta de la esquina. Desde afuera no parecen mucho más que otra casa del barrio. Pero sus fachadas grises por el tiempo, las ventanas cerradas al mundo exterior, esconden una historia que quedó marcada dentro de sus paredes. Historias de antiguos moradores que aún merodean para dar testimonio de su tragedia.

En Benito Pérez Galdós al 300, en el barrio de La Boca, como restos de un castillo que nunca fue, se alza la llamada “Torre del Fantasma”. De estilo “modernista catalán” para algunos o “art noveau” para otros, afirman que dentro vive el fantasma de una antigua moradora, una joven pintora llamada Clementina .

Según la leyenda, un día un periodista fue a hacerle un reportaje y sacó varias fotos a la obra de la pintora. Al revelarla, el cronista quedó espantado al ver que en las tomas habían salido, entre los cuadros, tres duendes.

Sin que nadie encontrara una explicación, Clementina se quitó la vida. Desde entonces, las personas que habitan en la torre afirman que, por las noches, los pasos de la pintora no los dejan dormir e inclusive que los duendes siguen allí y suelen esconderles cosas.

Algunas personas relacionadas con las prácticas metafísicas aseguran que la Torre del Fantasma es un centro energético y las visiones son, en realidad, seres de otras dimensiones.

En el barrio de Villa del Parque, en la calle Campana al 3200, se alza una mansión construida hacia el 1900 por un rico empresario italiano. La vivienda tiene cinco pisos y un torreón con cúpula.

En la zona la bautizaron “La Mansión de los Bichos” por los animales estilo gárgola que decoraban su exterior. Según cuentan, este italiano hizo una enorme fiesta de bodas para su hija, a quien le regalaría esa mansión para que viviera con su marido.

Pero cuando los novios abandonaron el festejo en la carroza que los llevaría de luna de miel, el conductor del carruaje no hizo a tiempo para cruzar la vía. El tren embistió el vehículo y la pareja murió al instante.

El padre, que vio de lejos el accidente, ordenó cerrar el palacete. Años después, en la zona algunos vecinos comentaron que de noche solían verse los espectros de la pareja por las vías del tren, mientras dentro de la mansión se escuchaba música, pese a que el lugar seguía clausurado.

La Iglesia de Santa Felicitas, en la calle Isabel La Católica, del barrio de Barracas, se esconde una de las tragedias de amor más conocidas de la historia argentina: la de la joven Felicitas Guerrero de Álzaga, en su momento conocida como “la mujer más hermosa de la república”.

Con sólo 15 años, Felicitas Guerrero se casó con Martín de Álzaga, un hombre mayor, hacendado y con unas de las fortunas más importantes de esa Argentina de mediados del 1800. Poco después, De Álzaga murió y Felicitas, con sólo 26 años, heredó su fortuna.

Dos hombres la pretendían: Enrique Ocampo y el estanciero Sáenz Valiente, quien finalmente logró conquistar el corazón de la joven. Al conocer que Felicitas se casaría con el estanciero, Ocampo no pudo soportar el rechazo y pidió hablar con ella. Comenzaron a discutir, y en un momento, él sacó un arma y le pegó dos tiros.

Al escuchar los disparos, los familiares de la joven entraron en la habitación. Vieron a Felicitas en el piso, bañada en sangre, y a Ocampo con el arma en la mano. Hubo un forcejeo, se la arrebataron y lo remataron. Felicitas, que agonizaba en el piso, murió poco después. Era un 30 de enero de 1872.

La familia de la joven construyó la iglesia en honor a la joven. Según la leyenda, todos los 30 de enero, por la noche, el espectro de Felicitas aparece entre las rejas de la iglesia y llora. Cuando el edificio fue restaurado por primera vez, el arquitecto notó que todos los ángeles tenían rota el ala derecha, el lado donde Felicitas recibió los dos disparos.

Cerca de allí, en Montes de Oca 140, está la “Casa de los Leones”, que fue propiedad de Eustaquio Díaz Vélez, quien tenía una rara fascinación por los leones. Al punto que los criaba dentro de la mansión. Los animales andaban sueltos por el enorme jardín.

Un día, mientras festejaban el compromiso de la hija de Díaz Vélez y su novio, uno de los leones atacó y mató al pretendiente. La chica no pudo soportarlo y se quitó la vida. Sumido en la tristeza, Díaz Vélez decidió deshacerse de todos los leones, pero pidió que tallaran sus cabezas en piedra sobre las arcadas de las puertas de la mansión.

Afirman que los fantasmas de la joven pareja aún se pasean por la mansión y por el jardín, donde permanecen como pruebas de la tragedia los restos de las jaulas donde alguna vez estuvieron los leones.

Otra de las casas de leyenda se encuentra a metros del Congreso, en la calle Riobamba al 100. En el barrio se la conoce como “ La Casa de la Palmera”, por una enorme palmera que tiene en su pequeño jardín frontal y que apenas deja verla.

Hacia principios de siglo XX, allí vivían Catalina Espinosa de Galcerán, viuda de un médico conocido por su dedicación durante la epidemia de fiebre amarilla que azotó a Buenos Aires hacia 1872.

La mujer vivía con sus seis hijos: cinco varones que eran profesionales y Elisa, una mujer muy devota de la religión. Cuentan que Elisa estaba molesta con sus hermanos, que tenían fama de ser trasnochadores y mujeriegos.

A medida que iban muriendo, ella clausuraba sus habitaciones, hasta que quedó sola en el subsuelo, donde hacia 1992 la encontraron muerta. Afirman que su espíritu permanece allí, enojada por el comportamiento de sus hermanos.

Así, Buenos Aires está llena de leyendas, de casas desconocidas que no parecen más que otras viviendas del barrio, pero que mantienen dentro los espectros de sus antiguos moradores, aún atormentados por el dolor de la tragedia.

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